Relatos Eróticos

Historia de un Baño

Permanecieron un rato boca abajo sobre la mesa, recuperando el aliento. Él besaba su nuca mientras ella sonreía… “Necesitamos una ducha eh?” susurró ella, divertida, “bien caliente” dijo él… “como ese café que aún sigue en la encimera”

Pero aunque el café se había enfriado ya, tal vez ellos aún no…

Ella caminaba de nuevo, descalza, esta vez hacia la ducha…

“Sigues teniendo hambre…?”

“Estoy hambriento” volvió a decir él

Los sonidos cambiaron… el grifo de la ducha…

Se tomó un rato para mirar cómo se mojaba, cómo descendía el agua por su espalda… mientras lentamente el vapor caldeaba el baño…

Ella se giró frente a él, mostrándole su cuerpo esbelto, rotundo, envuelto en agua y vapor, los brazos alzados, sus manos en la cabellera, el mentón alzado, sus pechos firmes, sus pezones enhiestos, aún erizados por el placer reciente.

Sus manos descienden ahora acariciando su cuerpo, rozando sugerentemente su sexo, invitándolo con la mirada a acompañarla.

Él se ha quedado en la entrada de la ducha, apoyado en su hombro y con las piernas cruzadas, recreándose, admirando esas curvas bien torneadas, disfrutando de la mirada lasciva de su chica, reprimiendo su impulso de entrar y poseerla de forma salvaje…

Aún no, el sexo instintivo, el sexo animal lo acaban de tener en la cocina, ahora quiere algo diferente, apropiado al marco en el que se va a desarrollar, relajado, sensual, húmedo…

Quiere hacerle sentir a ella cada poro y cada terminación nerviosa, quiere dar placer a cada rincón de su cuerpo, a cada centímetro de su piel.

Vienes? dice ella, él no contesta, su respuesta es esa sonrisa dibujándose en su rostro, esa sonrisa que a ella le encanta y que le augura nuevas emociones.

La ducha es amplia, de esas que permiten dos personas con holgura, el agua cae del techo, de una alcachofa gigante que simula una cortina de lluvia.

Se abraza a ella y la besa bajo el agua, que resbala entre sus cuerpos acariciándolos…

Has sido descuidada y te has manchado de leche… tendré que lavarte bien, le dice al oído…

Él toma la pastilla de jabón y, sin dejar de abrazarla empieza a frotarle con ella la espalda, desde la nuca hacia abajo, en movimientos circulares, lentos, ayudándose también de la otra mano, que va masajeando suave pero firme, al mismo tiempo que la besa en la nuca, y la mordisquea, sabe que a ella le encanta…

Ella siente sus manos firmes sobre su espalda y apoya las manos en la pared, haciendo de contrapeso. En el mismo movimiento inclina ligeramente hacia delante el tronco, haciendo que su trasero surja respingón a la altura de su sexo. Su cabeza, ladeada, intentando mirar de soslayo el rostro de él.

El jabón ha llegado a sus nalgas, donde él se concentra ahora, una mano a cada lado, frotando y amasando, acariciando y jabonando, entrando con el dedo anular en la división de ambas, subiendo y bajando…

Él siente como su erección ha crecido de nuevo, recuperando el tono de hace un rato en la cocina y, de forma traviesa lo apoya sobre el trasero de ella y la acaricia con él, haciéndole sentir su vigor…

De esta forma, permanece pegado a ella, y ahora sus manos han rodeado su cintura subiendo hasta alcanzar sus pechos. Sin soltar el jabón los rodea con él, haciendo surgir abundante espuma… Deja caer la pastilla y sus manos se entregan por completo a su labor, al mismo tiempo, de forma simétrica, acariciando con las palmas, en círculos, recreándose en las formas, notando sus duros pezones, que ahora agarra entre sus índice y pulgar y pellizca delicadamente, sacando un gemido de su garganta…

Ella remueve sus caderas hacia atrás, apretándose contra él, rozándose, buscándole conforme su deseo aumenta, disipando cualquier otra percepción, cubriéndolo todo, como el vapor caliente que los envuelve…

Él no puede contenerse más, su deseo ha crecido junto al de ella, sin cambiar de posición, la penetra, el agua resbalando por su miembro, facilitando la labor, mientras ella lo siente entrar y ambos lanzan un gruñido de satisfacción, comenzando una danza llena de sensualidad y de lujuria, embistiendo lentamente, acompañado por los sinuosos movimientos de ella, en un baile lleno de compenetración y de placer.

Él le pide “acaríciate”, y ella despega su mano derecha de la pared, deslizándola por sus pechos, que amasa con lujuria, a la vez que se muerde el labio inferior de forma instintiva, y sigue descendiendo por su vientre, su ombligo… hasta llegar a su sexo, y empieza a jugar con su clítoris, inflamado de placer…

Los jadeos se van haciendo más audibles, subiendo de tono, acompañados del fragor del agua cayendo sobre sus cuerpos pero, repentinamente, ella se detiene, vuelve su cabeza para mirarle con su mirada encendida y le ordena “cambia de objetivo”.

Él, obediente, sigue sus instrucciones, colocando su miembro ante el nuevo desafío muy despacio, delicadamente, esperando que la dilatación vaya haciendo su trabajo, despacio…, mientras ella ronronea…

Ya está dentro, y la danza comienza de nuevo, esta vez de forma más directa, más lineal, lento pero firme, su miembro empieza a entrar y salir, entrar y salir, ganando ritmo, percutiendo, mientras la sujeta con sus manos por la cadera y por el hombro, ayudándose en cada embestida…

Ella ha vuelto a masturbarse, su pelo chorreando agua, su boca abierta en una mueca permanente de placer, gimiendo a cada penetración…

El ritmo es ya frenético, ambos sienten llegar el estallido, y se afanan en mantener el ritmo mientras su piel se eriza y se ponen de puntillas mientras el orgasmo inunda sus cuerpos como un latigazo que recorre su cuerpo de abajo a arriba, inabarcable, potente, sublime…

Permanecen un rato quietos, en silencio, exhaustos,  saboreando los últimos fulgores del placer. Él la abraza fuerte, girándola para tenerla de frente, se miran, se hablan sin abrir la boca, sus ojos lo dicen todo…

Se dejan caer hasta quedar sentados en el suelo de la ducha, ella a horcajadas sobre él, su cabeza en su pecho, un solo cuerpo, y el agua envolviéndolos en su cálida humedad…

Dorian Grey

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