Relatos Eróticos

Historia de un parking

Bajaba la escaleras con cautela pero de forma apresurada, esperando no cruzarse con nadie. No es que le importara, no era más que un garaje, pero subyacía en su ánimo lo que se iba a encontrar en solo unos instantes…

Ella le esperaba dentro del coche, aparcado en el último nivel, en la plaza más alejada de la salida, allí donde apenas llegaba el fulgor de los fluorescentes…

Hacía semanas que se habían visto por última vez y el ansia de volver a abrazarla crecía en su interior con cada paso que le acercaba a ella.

Abrió la puerta del copiloto y se sentó apresuradamente mientras giraba la cabeza hacia ella… pero, no estaba….

El ligero susurro de una sonrisa pícara le hizo volver la vista a la parte trasera. Y allí estaba ella, recostada, sonriéndole, abriéndole con ese simple gesto las puertas del paraíso al que siempre le conducía…

Él se concedió unos momentos para observarla, sin prisas, dejando pasar los segundos, mirándola de es forma penetrante que a ella le hacía estremecerse, haciendo que en ella cundiera la impaciencia mientras las comisuras de sus labios se curvaban en una mueca divertida que ella adoraba.

Su deseo había ido en aumento mientras la contemplaba y decidió que ya era el momento de sentir sus labios.

Se coló de manera felina entre los asientos delanteros para caer sobre ella hasta que sus bocas estuvieron a solo unos centímetros Entonces habló por primera vez, cómo te he echado de menos mi vida…

Ella no habló, se limitó a sonreir mientras le revolvía el pelo con sus manos y tiraba de él para besarlo, dulce, suavemente, sacando levemente la punta de la lengua para encontrarse con la de él. El la mordisqueó su labio inferior, le encantaba hacerlo, succionándolo hasta que lo tenía dentro de su boca…

Le besó la nariz, los ojos, las orejas, el cuello, le encantaba recorrer su preciosa cara sin dejar de besar o acariciar ni un solo centímetro de la misma.

Echado sobre ella, sentía sus formas, su piel caliente, sus pechos, sus piernas que se abrían para él…

Descendió lentamente hasta que su cara se encontró entre sus pechos, sentía su respiración, su diafragma subiendo y bajando, casi podía escuchar los latidos de su corazón, cada vez más acelerado.

Le desabrochó la blusa, un botón tras otro, esa blusa de satén que le gustaba ponerse para él. Notaba sus pezones, duros bajo el sujetador, erizados de ansia. Los rozó ligeramente con la nariz, luego con los labios, levantando la mirada para mirar sus ojos vidriosos que le exhortaban a que continuara, su boca entreabierta, su lengua entre los dientes…

Había apartado del todo la blusa y siguió descendiendo hasta encontrar su vientre. Adoraba ese vientre, le encantaba acariciarlo con el dorso de la mano, besarlo, recorrerlo con la lengua, notar cómo la piel se erizaba al ritmo de sus caricias.

Se dejó caer un poco más, ya completamente de rodillas en el suelo del coche, tiró lentamente de su minifalda para hacerla descender por sus piernas, sin dejar de mirarla, sin dejar de buscar sus ojos cómplices… Ella le susurró, sigue, y él, obediente, tomó esta vez sus braguitas y las hizo salir por entre sus piernas casi sin que se diera cuenta. Ella levantó entonces sus piernas colocando sus pies sobre los hombros de él, que empezó a besar el interior de sus muslos, al mismo tiempo que los acariciaba con las manos, en un movimiento ascendente desde las caderas a las rodillas, y luego de éstas a los tobillos…

Le encantaba hacer eso, notaba como el cuerpo de ella se estremecía mientras descendía, a ratos besando, a ratos lamiendo suavemente con la punta de la lengua, siempre lento, lento…

Cada vez más cerca de su sexo, del que notaba ascender el calor, el deseo ardiente. Ella le acariciaba el pelo con una mano mientras la otra viajaba de sus pechos a su boca, mordisqueado su dorso en ese gesto tan característico que a él volvía loco…

Una de sus manos se hundió bajo su trasero, abarcándoselo y haciendo que elevara ligeramente la cadera, mientras la otra mano se paseaba ya por su pubis, y bajaba por sus ingles en un recorrido sin fin.

Su boca había seguido descendiendo por sus muslos por fin había encontrado su sexo, húmedo y caliente, su lengua buscó su clítoris, lenta, con pausa, apenas rozándolo, eso hacía que ella abriera todos sus sentidos y se removiera en el asiento, mientras amasaba sus cabellos con más fuerza, gimiendo quedamente, de forma apenas audible.

Su lengua empezó a ganar ritmo, empezó a juguetear con su objeto de deseo, girando a su alrededor, mientras su mano había pasado por debajo y empezado a acariciar su sexo introduciendo por momentos su pulgar en su vagina…

Notaba como se iba incrementando su excitación porque sus caderas empezaron a acompañar rítmicamente los movimientos de él, lo que le animó a incrementar el ritmo, su lengua subiendo y bajando por su sexo lamiendo, chupando, succionando, mientras su pulgar había penetrado ya completamente y hacía su trabajo con un ritmo acompasado a los movimientos de sus caderas.

Sus gemidos empezaron a aumentar en ritmo y volumen, al mismo tiempo que le hablaba, sí mi amor, sigue, sigue, me encanta, me vuelves loca…. Hasta que sintió ese latigazo ardiente en el sexo que se irradiaba hacia el resto de su cuerpo en forma de descargas eléctricas y de calor ardiente, y, arqueando la espalda hasta quedar únicamente apoyada en los codos y las caderas, gritando de placer, diossss, diossss….

Unos pasos sonaron cerca, provocando eco en la nave oscura del garaje, parecían tacones de mujer, sintieron como se acercaban casi sin respirar, la cabeza de él descansando en el vientre de ella, que subía y bajaba rápidamente, presa aún del sofoco del orgasmo. Se oyó arrancar el motor de un coche y pronto un haz de luz rasgó la penumbra de su escondite, desapareciendo rápidamente. Se miraron y sonrieron al unísono, cómplices de mil aventuras anteriores.

Entonces él se incorporó, sentándose junto a la puerta, se despojó de pantalones y slips y tiró de su mano para que se sentara a horcajadas sobre su miembro, que presentaba una erección digna de una diosa.. los dos, frente a frente, se miraron profundamente a los ojos, acercaron sus bocas y se besaron tiernamente, disfrutándose, sintiendo cada roce, buscándose con las lenguas, como si el tiempo se hubiera parado para ellos.

Entonces ella comenzó a moverse, sus caderas conocían muy bien el movimiento, subiendo y bajando, su sexo acogiendo el de él como en una celda de la que nunca quisiera liberarlo, sus brazos extendidos y sus manos apoyadas en los hombros de él, las manos de él se habían deslizado bajo sus nalgas, acompañando el movimiento mientras las amasaba con lujuria.

Subía y bajaba, ahora despacio, ahora acelerando el movimiento, parando, llevándolo al límite del aguante para frenar de repente, quería prolongar el disfrute cuanto fuera posible, mientra ella se iba excitando al mismo tiempo, sintiendo todas sus terminaciones nerviosas y haciéndolas trabajar para proporcionarse también placer.

La atmósfera dentro del coche se había caldeado, y los dos jadeaban y sudaban, cada vez más cerca, cada vez más excitados, disfrutando ahora del ritmo demencial que ella imponía. Se había erguido ahora, agarrándose con una mano al sujetamanos y con la otra apoyándose en el techo. Se sucedían los jadeos, los gemidos, las palabras de amor las miradas penetrantes…

Mientras, él había liberado una de sus manos introduciéndola con el pulgar por delante entre el cuerpo único que formaban sus vientres, hasta llegar a su clítoris, que empezó a acariciar mientras seguía el ritmo que ella marcaba.  Esto hizo que ella se arqueara hacia atrás sin dejar de moverse, ya a punto del éxtasis ambos, mi amor me voy a correr, y yo mi vida, y yo, y yo….

Explosión de calor, espasmos, jadeos entrecortados, el mundo concentrado en un instante, el suyo, en un lugar, el interior de ese coche, en dos cuerpos, esos que ahora se habían unido completamente, compartiendo la energía liberada, disfrutando del momento como sólo ellos sabían hacer…

Permanecieron en esa posición mucho tiempo, minutos, horas… quién sabe, abrazados, mirándose, acariciándose, besándose dulcemente, compartiendo confidencias, gastándose bromas…

No sabrían decir cuánto tiempo había pasado, ahora les parecía una eternidad, mañana solo sería un instante, se miraron una vez más a los ojos y ella le dijo, vamos, te llevo a casa.

Autor: Dorian Grey

Agradecemos desde www.sexyshopping.es, a nuestro gran amigo Dorian Grey, la redaccion de este fantástico relato erótico.

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