Relatos Eróticos

Relato erótico, 39 escalones

Los hechos que a continuación me dispongo presto a relatar guardan relación con una inolvidable experiencia por mi vivida hace ya muchos años… espero que os guste.

LOS 39 ESCALONES

Por aquel entonces contaba con diecisiete años, era verano, como ahora. Desde hacía un tiempo un grupo de amigos nos reuníamos en un bar próximo al que durante cuatro años fue nuestro instituto.

Nada tenía en particular aquel antro, era un punto de encuentro que a fuerza de frecuentar semanalmente habíamos hecho nuestro.

Aquella noche no había quedado con nadie explícitamente, supuse que alguno de mis amigos aparecería de improviso como venía siendo costumbre.

Al entrar observé que estaba vacío, sólo una joven pareja ocupaba una mesa unos metros más al fondo, me senté en un banco apoyando los codos sobre la barra y tras encenderme un cigarrillo pedí una caña.

El reloj de pared situado justo sobre la caja registradora marcaba las once de la noche.

Pronto el dueño del bar y yo empezamos a discutir sobre no se qué película, fue entonces cuando la puerta del E se abrió y entró ella. Pedí mi segunda caña y de forma bastante torpe me giré hacia la izquierda para ver de quien era la voz que había pedido un gintonic.

Se trataba de una mujer de mediana edad, menuda pero muy estilizada, una blusa oscura, en su caída, mostraba la desnudez de sus bronceados hombros y la falda de lino era lo suficientemente ancha como para dejar entrever una proporcionalidad perfecta, cuasi aurea, entre la cadera y sus piernas.

Como digo, mi brusca acción, carente de sigilo y disimulo y me atrevería a decir que rayana en lo maleducada, no pasó desapercibida a sus ojos. Unos carnosos labios dibujaron una sonrisa cómplice que hizo que su naricita se arrugara un poco.

Intentando resarcirme del estupor que aún me dominaba, retomé la conversación cinéfila con E.

Pero no sirvió de nada, había perdido totalmente el hilo, sabía que mientras hablaba, ella estaba escuchando, mirándome con sus verdes y rasgados ojos en el extremo de la barra.

Allí estábamos los tres, la misteriosa dama, E y yo, pues la joven pareja hacia un rato que había partido.

Pedí otra cerveza y de un trago me la bebí, el alcohol me otorgó el valor suficiente para acercarme a aquella beldad de rubia cabellera. Le pregunté su nombre: “me llamo C”.

Al preguntar por mi nombre saqué mi carnet de identidad, estoy habituado a realizar tal maniobra, ya que al no ser español a mucha gente le cuesta familiarizarse con él.

“Vaya, si eres un crío” me dijo con cierto tono de sorpresa cargado de matices que mi nerviosismo no supo traducir. Charlamos un rato, futilidades y demás intrascendencias, pero rápidamente entre ambos se había tejido tal complicidad, cimentada no en el lenguaje verbal sino en el más profundo de los anhelos, que ambos fuimos, en nuestro nuevo rol, presa fácil de esa pulsión tan atávica.

Mientras tanto el bar se había ido llenando y por fortuna ninguno de mis amigos se había dejado ver.

C me dijo que vivía justo al lado, que no podía subir a su piso pues estaba separada y su hija de ocho años vivía con ella. Pero que si quería podía esperar en el interior del portal, eso sí, debía esperar diez minutos tras su marcha. Le dije que me parecía bien, pagó sus dos gintonics y salió.

En ese instante pensé que todo había finalizado. Miré el reloj, la una, aún es pronto me dije. Llevaba ya unas cuantas cervezas, pero al echarme la mano al bolsillo vi que aún me quedaban algunas monedas así que pedí otra cerveza, la última.

“Ten cuidado no la lastimes” me dijo E cuando me trajo la caña. El tono de su voz no era amenazador, estaba claro que conocía bastante a aquella mujer y que la apreciaba, tal vez él también había caído en su embrujo. A la una y cuarto pagué la cuenta, nueve cañas.

Efectivamente el número doce estaba justo al lado del bar, la puerta del portal había sido atrancada con un folleto publicitario, restando abierta de par en par, pero allí no había nadie.

Un tanto abatido y en parte riéndome de la situación, decidí sentarme al pie de la escalera, no se iba venir el mundo abajo por esperar cinco minutos, pensé.

Justo cuando me disponía a abandonar el edificio los goznes de una puerta sonaron y una luz proveniente del interior de un hogar tiñó el rellano, me giré, podría tratarse de cualquiera.

El corazón me dio un vuelco, allí estaba. Bajó las escaleras de forma sensual, toda ella parecía refulgir, rebosante de sexualidad.

Yo, embelesado, apenas pude mantener la boca cerrada, recuerdo que a mi mente acudió la imagen de un solitario pétalo que se deslizaba, flotando sobre las calmas aguas de un arroyo y que de forma ineludible acabaría su sinuoso recorrido entre las cuencas de mi mano.

Cuando bajó el último escalón nos quedamos el uno frente al otro, fue en ese instante, en el que nuestros ojos se fundieron, cuando el tiempo dejó de correr.

Los labios, nuestras lenguas, iniciaron una concatenación de ejercicios prácticos donde quedó demostrada más que de forma plausible su versatilidad, ni una sola palabra, para qué.

Cogí fuertemente sus manos y las pegué contra la pared mientras no parábamos de besarnos, saciando parte de nuestro placer. Las lenguas danzaban frenéticamente.

Consiguió liberar una de sus manos, la derecha, que pronto y con suma pericia desabrochó el botón de mis pantalones, mi polla dura, de inmediato notó la calidez de sus dedos y presa entre aquella jaula que no dejaba de agitarse aumentó aún más si cabe su erección de igual modo que la paloma en su cortejo hinche su pecho o el pavo real despliega su colorida cola.

Para responder a su ataque liberé su otra mano y me dispuse a sobar sus pechos, prietos y no demasiado grandes, como ya dije, aquella mujer era el paradigma de la proporcionalidad.

Una sola mano me bastaba para masajear sus senos y a la par notar como sus pezones se hinchaban ofreciendo cada vez mayor resistencia a la fricción.

Entonces me abrí paso entre su falda hasta llegar a su coño; tan pronto como aparté sus bragas, introduje primero un dedo, el corazón, y luego el índice, ella dejó escapar un gemido, un leve susurro acompañado por un sutil mordisco a mi lóbulo izquierdo.

Pude sentir todo su calor entre mis dedos, como cada vez que aceleraba el ritmo de mis sacudidas su vagina estaba más mojada, como mi pulgar, también ya húmedo, se deleitaba frotando, acariciando su clítoris latente.

Pero algo totalmente inesperado sucedió, aquella puerta que se había abierto una vez, volvió a hacerlo y de ella emergió una pequeña figura.

Era A la hija de C, que no podía dormirse y viendo que su madre no estaba aún en casa había salido a la escalera a buscarla.

C me dijo q esperase, que no me fuera, que enseguida acostaba a la niña y retomábamos nuestra tarea.

Eso hice, la cosa no se demoró mucho y la verdad es que la espera merecía la pena.

Cuando C salió de nuevo, noté en su mirada algo malévolo. No dejé que acabara de bajar las escaleras y nos encontramos a mitad del recorrido. En seguida conocí el motivo de aquella perversa mirada, se había quitado las bragas y situada un escalón por encima, levantándose la falda, me mostraba su dulce sexo rasurado.

Como una bestia en celo hundí mi rostro ante lo que pudiera considerarse la recompensa por tan paciente espera.

Mi lengua lamía con deleite todos los pliegues de aquella vagina, su sabor y olor, he de reconocerlo, me eran gratos. Ora succionaba su clítoris, ora endurecía la lengua para penetrarla, ora se deslizaba en círculos concéntricos sobre sus carnosos labios.

C, aferrada a la barandilla, no paraba de gemir, y entre espasmo y espasmo correrse.

No sólo con mi lengua le daba placer, con la mano que me quedaba libre estimulaba su culo, introduciendo con delicadeza primero un dedo y luego otro.

Creedme si os digo que se podían escuchar las corridas, y que de vez en cuando debía yo apartar mi rostro para no ahogarme, pero tras un par de segundos, inspiraba y volvía a la carga. Tras estos ejercicios de estimulación oral por mi parte, paramos un instante, ambos estábamos exhaustos.

Con cierto remilgo, absurdo a estas alturas, me mostró su falda diciéndome que estaba empapada, yo, ingenuo como era me lo tomé como un cumplido.

Ya más descansados, hizo que me sentara y me bajó los pantalones casi hasta la altura de las rodillas, hizo lo propio con los calzoncillos y al ver mi miembro no pudo ocultar su cara de asombro, esta fue la primera vez que una mujer me obsequió con tal cumplido.

De rodillas frente a mí se metió todo lo que le cupo en la boca y empezó a chupármela. De nuevo alguien se interpuso en nuestra orgía, como un resorte me subí como pude los pantalones y evité in extremis que una pareja de vecinos que venían de la calle me vieran en tan deshonroso estado.

C se rió, y cuando los vecinos se montaron en el ascensor que teníamos justo al lado, volvió a bajarme los pantalones para continuar con la felación. Me agradó ver que ella también disfrutaba, joder la tenía tan dura que creí que me iba a estallar.

Mientras su lengua sorbía mi glande y notaba el amenazante pero al mismo tiempo excitante roce de sus dientes, mi mano acariciaba sus finos cabellos acompañando aquel vaivén hedonista.

De entre la comisura de sus labios se desprendía saliva que sus manos recogían y volvía a ser llevada a aquel gran torno que era mi polla. En el momento de correrme, creo que la contrarié, pues mi inexperiencia y un sentido del decoro mal entendido hicieron que la apartara.

Una larga y cálida corrida, escapando de su ahora perfumada boca, acabó por posarse sobre mis desnudos muslos.

“Espera”, me susurró y tras incorporarse y dejándome allí de aquella guisa, grácilmente subió los treinta y nueve escalones que distaban para llegar a la puerta del piso. De inmediato apareció con un paquete de kleenex.

Sé que pensaréis que el apunte de algo tan ordinario puede hacer peligrar el ritmo narrativo o el clímax de dicha crónica, crónica sí, más que historia, pues como ya avise en mi introducción, ante todo me movía el afán de ser sincero, pues todo lo narrado hasta el momento y lo que aún ha de acontecer, lector, sucedió tal y cómo está aquí escrito, con pelos y señales, si se me permite la expresión.

El hecho es que tras limpiarme y tirar el último vestigio de mi progenie a la papelera sita junto a los buzones de aquella vecindad, C me sorprendió de nuevo, pues cuando yo ya daba por finiquitado nuestro tórrido affaire, me preguntó: “¿quieres follar?”

En esta ocasión en su voz no hallé ningún matiz, nada que denotara segundas intenciones, algo que me hiciera dudar, buscar con recelo suspicacias, sarcasmos…

No, era una cuestión, directa, clara y concisa, prístina; como cuando de niños nos acercábamos y llenos de emoción ante el futuro inmediato preguntábamos si se podía jugar, impacientes por divertirnos con los demás chiquillos que en la plaza chutaban un balón de trapo.

Obviamente no me pude resistir, ni que decir tiene, que con diecisiete años estaba en plena forma.

C también se conservaba perfectamente, aunque en ningún momento cuestioné su aguante, pese a que en el bar me había dicho que eran treinta y siete años los que tenía.

En este tercer asalto vencí la poca timidez que aún se aferraba en algún recóndito rincón de mi conciencia y me mostré más desenvuelto y seguro que nunca.

Hubo pocos besos, la puse a cuatro patas, en el suelo, frente al ascensor, levanté su falda y como un poseso empecé a lamerle el coño y el culo, de espaldas, aquel culo de duros glúteos, abierto para mí, era como una enorme manzana prohibida que había sido creada, exclusivamente, para que yo la penetrara.

Cuando consideré que ella ya estaba preparada para recibirme, poco a poco introduje mi capullo en aquel culito donde unos pocos pelos asomaban.

El color de mi glande tornose purpureo y C no dejaba de emitir sordos gemidos de lamento, pero a medida que mi pene, sutilmente, iba adentrándose en su ser, percibí el cambio, el deleite se había apoderado de ellos, ahogándolos, hasta que finalmente de su boca sólo surgieron entrecortados suspiros y jadeos de placer.

Una vez superada esa primera barrera de dolor, fue todo mucho más fácil, la cadencia de mi movimiento pélvico fue en aumento, y mis dos manos, una en cada nalga, ejercían la presión justa para facilitar la penetración. ¡Era tan grata la sensación de sentir la palpitante calidez de su recto sobre la amplitud de mi polla!

Sus manos una y otra vez buscaban mi culo, clavando sus uñas con fuerza para evitar que yo me despegara. El portal, en su lúgubre oscuridad se había convertido en un mausoleo pagano dónde tan sólo se oían, amplificados, mi entrecortada respiración sus gemidos y el golpeo seco de mi cuerpo sobre ella.

Cuando llegó la hora de correrme, esta vez lo hice en su interior, mi blanca leche regó las entrañas de aquella maravillosa amante, permanecí con mi miembro dentro unos segundos más, pues en el fondo de mi ser sabía que aquella iba a ser la última vez que una parte de mí volvería a poseerla.

Lo que sucedió a continuación carece de interés, nos vestimos y un largo beso se encargó de poner fin a aquel furtivo encuentro.

Pasaron dos semanas, en las cuales, servidor, cada noche rescataba de su memoria detalladamente todo lo que había sucedido. No hubo noche que no me masturbara recreando en mi mente tan bellos pasajes. De hecho, he de admitir que durante años hice uso de ellas.

Como digo, a las dos semanas me acerqué al bar, una mezcla de sentimientos me acompañaba: temor por no volver a ver C y también por hacerlo, parte de mi sentía que se había aprovechado, aunque bien mirado también yo había sido utilizado.

Fuere como fuere era un joven adolescente bastante inmaduro y un completo ignorante en todo aquello que concernía al amor y las mujeres.

Allí estaba E, pedí una caña y ni corto ni perezoso le pregunté si sabía algo de C.

“¿No lo sabes?” me dijo. “Hace dos días ejecutaron una orden de desahucio, ella y su hija se han marchado”.

Perplejo, tarde un poco en reaccionar, le pregunté a E si había dejado alguna nota para mí, o su número de teléfono. A lo cual respondió que hacía cuatro días había estado en el bar y que explícitamente le había pedido que si me veía, por favor no me diera ningún tipo de información.

Afortunadamente aquella noche sí que vinieron mis amigos, y he de deciros que, como vulgarmente se dice, ahogué mis penas en el alcohol.

Han pasado ya 15 años… pero estés donde estés… quiero que sepas que aún pienso en ti.

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