Relatos Eróticos

Relato erótico – Ardor en el ascensor

La noche estaba tranquila. Patrick, regresaba a casa después de un duro día de trabajo en la fábrica. Se sentía cansado y sudoroso, y aquél calor de verano no ayudaba en nada.

Solamente tenía ganas de llegar para darse una buena ducha de agua tibia y tumbarse en el sofá.

Pensativo, se debatía entre ver una película, leer un libro, o quizá, como llevaba haciendo la última semana, pensar en su nueva vecina Ángela, y masturbarse.

Con una sonrisa de medio lado, no dudó que la tercera opción, la realizaría, o bien antes, o bien después de alguna de las otras dos. Esa chica lo excitaba de maneras que no entendía.

La calle, todo silencio y quietud, lo envolvía. No se oía siquiera el ligero maullido de los gatos que, igual que cada anochecer, se peleaban por conseguir un trozo de comida, a los pies del único contenedor que había junto al portal donde él vivía.

Patrick sacó las llaves de su casa y dando los últimos pasos que lo llevaban frente al bloque de pisos, abrió. Subió las escaleras que llevaban al rellano donde se encontraban los dos ascensores, y pulsó ambos botones. Siempre obraba de la misma manera, para que el que estuviera más cerca llegase antes.

Tras varios segundos de espera, sonó una melodía que anunciaba la llegada de uno de los elevadores. Patrick se coló en el interior y apretó el interruptor número cuatro.

Cuando ya casi estaban cerradas las puertas mecánicas, una preciosa cara angelical asomó entre ellas, era Ángela que con una mueca triste daba por perdido ese ascensor y optaba por esperar el otro.

Patrick sin pensarlo dos veces, le dio al botón que abría las puertas de nuevo, y la esperó. Ella pasó adentro con un dulce “hola”, y Patrick, que ya no podía respirar otra cosa que no fuera su aroma fresco y seductor, le devolvió el saludo con un ligero movimiento de cabeza.

La sangre se le detuvo, y sus ojos no podían dejar de admirar a aquella descomunal belleza.

Su pelo, perfectas hebras de brillante oro, le llegaba un poco más abajo de los hombros, justo hasta donde empezaban esos perfectos pechos de piel marfileña que entre dudas.

No sabía si era la camiseta la que los apretaba, o eran ellos los que pulsaban contra el pronunciado escote. Detuvo ahí la mirada varios segundos, recreándose en la vista de aquel valle seductor que lo embelesaba.

Siguió con su detallada inspección y bajó, sin perder detalle de cada milímetro de su cuerpo, hasta sus estrechas caderas. ¡Cómo le gustaría colocar una de sus manos sobre ellas y apretarla contra él! Se sentía tremendamente excitado, las curvas de esa mujer lo iban a volver completamente loco.

Prosiguió la exploración de su femenino cuerpo y llegó a esas bien torneadas piernas, embutidas en unos pantalones ajustados que no dejaban nada a la imaginación.

Patrick empezó a sudar profusamente al posar sus ojos entre ellas. ¿Cómo sería? Se preguntaba mientras su miembro se endurecía.

Un ligero carraspeo, le recordó de que no estaba solo. Pero antes de apartar la mirada completamente avergonzado, la volvió a posar sobre esos turgentes pechos que le hacían la boca agua.

¿Era su imaginación o esos pezones estaban perfectamente erectos? No, definitivamente, esas escondidas perlas, estaban más que duras, juraría que pedían a gritos un ligero roce, una húmeda lengua… La dureza dentro de sus pantalones palpitó al verlos en ese estado de anhelo.

Patrick la miró a los ojos, unos ojos como profundos lagos de esmeralda que lo miraban con un deseo arrollador. “Es mi turno” dijo ella con voz sonriente, melosa y coqueta, y a continuación lo sometió al mismo escrutinio que él le había regalado antes.

Brazos fuertes y musculados, eran la ideal introducción a un cuerpo de pectorales bien marcados y definidos, cintura estrecha sin llegar a ser afeminada y piernas gruesas y largas.

Ángela, no se resistió a observar aquel bulto que amenazaba con hacer un agujero en los pantalones, y justo cuando su mirada se posó en ese turgente miembro, éste dio un brinco, que a Patrick le provocó un sonoro jadeo.

Ángela no necesitaba ningún indicio más, deseaba a ese chico desde el primer día que lo había visto desde la ventana de su salón el día que llegó a ese edificio. Sin más preámbulos, esperó que en la pantalla de marcaje digital indicara que se encontraban entre dos pisos y pulsó el botón de parada.

Al instante la máquina se detuvo. Dándose media vuelta, levantó los brazos y agarró con fuerza el bajo de la camiseta Nike que Patrick llevaba y se la sacó por ambos brazos y la cabeza, para admirar con gusto, aquel escultural torso y aquél perfecto vientre plagado de abdominales bien dibujados.

Patrick hizo lo propio con la camiseta de ella y descubrió un sujetador negro de gasa transparente que dejaba ver a la perfección esos pezones rosados que ya lo tenían desquiciado.

Sin detenerse a pensar ni un momento, tomo uno de los pechos en su mano y lo apretó haciendo que el grueso botón saliera por el borde del sujetador. Inclinando la cabeza procedió a paladearlo sin descanso.

Ángela, notaba como el calor comenzaba a acumularse entre sus piernas. Sentía cómo los roces de esa juguetona lengua la iban excitando más y más, primero en un pecho, luego en el otro.

Pero ella también quería probar y saborear ese cuerpo que la cautivaba, de modo que ni corta ni perezosa, beso una tetilla masculina para seguidamente agarrar el pezón suavemente entre sus dientes.

Cuando escuchó la respiración entrecortada de Patrick sonrió, y sintiéndose cada vez más audaz en sus maniobras, mientras seguía torturando con sus dientes y su lengua los dos pezones enhiestos, bajó las manos para desabrochar los cuatro botones que cerraban la bragueta de esos pantalones, que aprisionaban aquello que ella más ganas tenia de degustar.

Deslizó el vaquero de él junto con su ropa interior hasta el suelo, quedando finalmente su cara frente al ya humedecido glande. Ángela levantó la mirada y se encontró con unos ojos dominados por el fuego, que la observaban, sonrió, y sin cortar la conexión visual con esos pozos de pura necesidad que la escrutaban sin pestañear, tomó el duro mástil en su mano, abrió la boca y lo lamió.

Pronto la lengua de ella estableció un ritmo acompasado. Atacaba sin descanso esa rosada punta, realizando círculos alrededor para luego colocar los labios entorno, y succionar mientras con sus delicadas manos masajeaba suavemente sus testículos.

Esa caverna húmeda, cada vez bajaba más abajo y la succión cada vez era más prolongada, hasta que al final todo el miembro de Patrick, fue absorbido por esa deliciosa y profunda oquedad.

Tras unos largos minutos, en los que Patrick pensaba que perdería la razón, la detuvo. Ella, decepcionada por ser interrumpida en su tarea, hizo un mohín que a él le pareció encantador, pero no podía dejarla continuar o se correría en su boca, y antes de eso quería disfrutarla en todos los sentidos.

La ayudó a levantarse con cuidado, y a continuación, le masajeó de nuevo los pechos lentamente, dándole en primer lugar, diminutos pellizcos en ambos pezones para que se irguieran.

Seguidamente, colocando sus labios en la oreja de ella, y con un prometedor e imitado “Es mi turno”, procedió a quitarle lo que le quedaba de ropa.

Patrick, bajó las braguitas negras con lentitud y se agachó para mirar directamente la humedad que había brotado entre las torneadas piernas. Sin darse cuenta, se relamió los labios, hecho que a ella no pasó desapercibido e hizo que más gotas de líquido escapasen de su interior.

El ascensor hervía de calor con las sensaciones de ellos. Patrick elevó las manos hacia el centro de ella y con ambos pulgares le separo los tiernos labios de su entrada para que su inquieta lengua, se deleitase a placer con su sabor.

Pequeños toquecitos en el clítoris de Ángela fueron suficientes para que ella comenzase a jadear sin parar. Los jadeos se convirtieron en diminutos gritos de lujuria que a Patrick le indicaron que pronto ella se desharía de gusto en sus brazos.

Por ello, con una delicadeza que no se veía capaz de tener en esos intensos momentos, introdujo dos de sus dedos en la vagina de ella para sentir el calor abrasador que la consumía. Ella sintió la intrusión y reconoció, con la mente perdida en un torbellino de sensaciones, que incluso lo necesitaba.

Esos largos dedos, se introducían hasta el fondo para luego salir casi completamente y de nuevo la volvían a atacar con fuerza mientras esa lengua instigadora seguía con su ataque íntimo. Ángela no aguantaba más, iba a correrse en la boca de él en cualquier momento.

El placer era demasiado arrollador, y tras varias caricias más, su orgasmo, no se hizo esperar entre gritos desgarradores de pasión dejándola desmadejada en los brazos de él.

Pero Patrick no iba a dejar que todo terminase así tan rápido. Quería enterrarse en lo más profundo de su ser y regalarle un nuevo orgasmo con su turgente miembro, así que sin más dilación, la apoyó en la pared del ascensor, y sin poder detener a la fiera que tenía dentro y que se había hecho con su control, se introdujo en su interior con un sólo empuje.

Ante el gemido de ella, se detuvo, temeroso de haberla lastimado de alguna manera, pero las manos de ella, le agarraron las nalgas desnudas y lo empujaron con fuerza todavía más adentro. Esa fue la señal que a Patrick le indicó que ya no habría vuelta atrás, y con una furia salvaje, inició una serie de embestidas feroces mientras con sus brazos, colocaba las piernas de ella alrededor de su cintura.

Patrick se impulsaba sin parar a la vez que la besaba por todas partes, boca, ojos, nariz, mejillas… Ángela, se encontraba de nuevo en un frenesí de locura a punto de estallar como una supernova.

Con gran agilidad adquirida gracias a las bolas chinas que siempre llevaba cuando salía de casa, comenzó a tensar y destensar sus músculos vaginales alrededor del miembro del chico que, sintiendo esos agarres en su duro mástil, imprimió a sus movimientos, aun mayor velocidad y fuerza. Ambos gruñían de placer ajenos a cualquier cosa que no fueran ellos mismos, a punto de correrse.

Por fin, cuando los dos pensaban que no podrían aguantar ya ni un segundo, un potente orgasmo, el mayor de sus vidas les sobrevino, haciéndoles caer derrotados y sudorosos al suelo, sobre sus propias ropas. Patrick aún no había salido del interior de ella, y muy tardíamente pensó en las consecuencias de sus actos, pero cuando la miró y vio la sonrisa complacida y los ojos brillantes de ella, la abrazó y con la mayor dulzura del mundo, procedió a vestirla, y a vestirse él mismo.

Cuando estuvieron preparados y con la ropa de nuevo en su sitio, dejaron que el ascensor continuase su trayecto. Llegaron al cuarto, el piso de ambos. Ángela salió la primera y se dirigió a su puerta hipnotizando a Patrick con el vaivén de su respingón trasero.

Una vez delante de la entrada, abrió con sus llaves, y dándose media vuelta, levantó el dedo índice y lo invitó a pasar lanzándole una mirada que prometía el verdadero paraíso.

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