Relatos Eróticos

Relato erótico – Despertar

Te imagino desnuda en la cama, una mañana de verano. Aparezco a tu lado, silencioso, mientras aún duermes, la luz que se escurre por las rendijas de una persiana a medio bajar. Observo con deleite tus henchidos pechos, libres de la atadura que el mundo les impone durante el día, y tu pubis moreno, disimulando el mayor secreto.

Apreso con mis labios un mechón de tu cabello y deslizo por él la punta de mi lengua. Abordo tu rostro, contenida la respiración, recorriendo con la mirada los cerrados ojos, preciosos en su indefensión.

Ladeo la cara, tomo aliento y prosigo con la exploración de la apasionante geografía. Acerco mis labios hasta casi tocar los tuyos, apagando la mirada al besarte, aunque sólo en la imaginación, pues por nada te despertaría.

Desciendo y me recreo en la depresión de entre senos y remonto lascivo hasta uno de ellos, que me ofusca la mente. Retiro la cara y ambos aparecen al completo, a la vez que un cosquilleo vigoroso se apodera de mi miembro.

Y aspiro de nuevo y prosigo con el sondeo.

El sol aumenta su luz y su calor. Centro la atención en un pezón. Lo contemplo gozoso en su hermosa redondez, soplo en él y disfruto excitado viendo cómo se contrae. Sonrío, y lo mismo hago con el otro.

Y observo tu rostro con rubor, temeroso de que algo hayas notado, pero tú sigues con tu expresión de princesa de cuento, cautivadora en la candidez de su sueño.

Mi dureza desafía la gravedad, aguardando paciente la posible satisfacción de la inquietud que la abruma, mientras mis labios recorren ahora el vientre, igual de sensual y rebosante que los pechos, disfrutando, a milímetros escasos, de tu perturbador aroma de mujer.

Por fin alcanzo el pubis. Y cierro los ojos, al contacto del sugerente vello con mi cara, mientras tomo un poco con los labios, oliéndolo y deleitándome en él.

Más abajo, está lo más preciado. Tus piernas entreabiertas me descubren la expresión difusa de la entrada, bajo un vello rebajado con cuidado. ¡Qué ganas de pasar la lengua y notar en ella el carnoso roce!

Y te remueves, alertada por la intensidad de mi ansia; a punto de despertar. Temo por momentos que acabe aquí mi atrevimiento, pero en un alarde de valor asciendo nuevamente hasta tu rostro, dispuesto a acatar el veredicto.

Entreabres los ojos, delicadamente, mientras mi cara dibuja una mueca tímida de simpatía, mezclada con un rubor incontrolable y una sonrisa torcida, que unidos al sudor de la frente delatan mi deseo.

Me sonríes, como si un sexto sentido te hubiera prevenido en sueños de mi presencia, y siento entreabiertas ante mí las puertas del Edén. Te beso, tiernamente, los ojos cerrados, la punta de mi lengua resbalando por encima de la tuya.

Rodeas mi cuello con tus brazos, me tiendo en el lecho y el contacto de mi miembro con tu cuerpo me provoca escalofríos. Tomo tus pechos sin contenerme, me recreo en su tacto único y precioso, pero un exceso de pasión me lleva a aprisionarlas demasiado y tu queja hace que contenga al animal.

Apoyo un codo en la cama y recorro con mis labios un rostro que antes me conformé con contemplar. Tomo otra vez tu melena carbón, hundo en ella mi cara y la muerdo lascivo. Me acerco a tu frente, la beso, desciendo despacio y alcanzo los ojos, que ofrecen sus párpados, en un roce dotado de un raro misticismo. Salvo fácilmente la nariz con más besos, y hundo mi lengua en tus labios, para abrazarla a la tuya en un juego atolondrado.

Una mano ha vuelto a un pecho, y pellizco el pezón. El ansia me apremia a tomar el glande y restregarlo en él. Me miras, sonriendo, orgullosa que tus mamas me exciten tanto. Loco por disfrutar de ellas, me siento en tu vientre, las piernas abiertas, ensalivo la rígida y me froto entre ambas; primero suave, luego aprisa, alcanzando a pellizcar con índices y pulgares las tetillas, pero la excitación es excesiva y debo retirarme por temor a vaciarme.

Me tiendo a tu lado y te abrazo poseso. Introduzco la lengua en tu boca, copulándola. Bajo por tu cuello, hasta llegar de nuevo al par de polos de mi atracción, y los recorro con la lengua. ¡Qué amplitud! ¡Qué maravilla hizo en ti la naturaleza! Acerco las tetillas con las manos y chupo una y otra alternativamente. Vuelvo a tu lengua y vuelvo a los pechos. Vuelvo a tu lengua y vuelvo a los pechos. Vuelvo a tu lengua y vuelvo a los pechos…

Sin desprenderme de ellos, hundo la cara en el valle de tu vientre, siguiendo el recorrido que antes realizara sin contacto. Suelto finalmente los pezones y apreso tus caderas, antes de alcanzar con impaciencia el pubis, que beso, repetidamente; atrapo el vello entre mis labios y dejo que se escurra lentamente entre ellos, mientras te estremeces.

Ardes de deseo. Y al disponerme a separar tus piernas, unes un profundo suspiro a los tímidos jadeos con que has acompañado mi singladura.

Descubro con los dedos la rosada carne que escondes al mundo; y ya nada puede detenerme. El vello de alrededor está húmedo, como la sábana que defiende inútilmente el colchón de la avenida de tu néctar.

Impregno en él mis dedos, separando sin remilgos la vulva preciosa, ansioso por sentir su tacto indescriptible en la boca. Te remueves, más aún cuando desnudo con mi lengua la capucha que esconde la perla. Separo más tus piernas, mientras la excitación te domina, y con la lengua refriego sin piedad la vulva.

Intenso, intenso, intenso… omiso a la queja de mi mandíbula, mientras te sacudes. Más, más, más… hasta que sobreviene el clímax, con un quejido que ahogas en la almohada.

Tras tu regreso, me acerco y te beso suave, para luego fundirnos en un abrazo completo. Me separo y te observo: sudorosa, las piernas sostenidas precariamente sobre el empeine, tu cara aún hundida en el cojín.

Tu respiración se normaliza y decidido no alterar ese ángel con una penetración. Froto mi punta, de rodillas ante la vulva abierta, y rememoro lo mejor del recorrido, sin dejar de contemplar tu anatomía.

Tus pechos, los pezones duros, tu vulva abierta.

Tus pechos, los pezones duros, tu vulva abierta.

Tus pechos, los pezones duros, tu vulva abierta… hasta que exploto, derramándote encima la gelatina.

Luego desciendo de la cama y tumbo tus piernas con tacto infinito. Retorno también la almohada a su lugar, apartando tu faz con cuidado, mientras descubro en ella el anuncio de un nuevo sueño. Y te beso con ternura, al partir, mientras me regalas palabras atropelladas de plenitud.

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