Relatos Eróticos

Relato erótico – Diosa egipcia

Hoy te imagino en el Egipto antiguo, año mil cuatrocientos y algo, previo a nuestra era.

Despiertas sentada en un palanquín-barca, avanzando por una avenida procesional, una multitud se arremolina a tu alrededor y no sabes cómo reaccionar. La comitiva se detiene y tu inquietud aumenta, los porteadores te depositan en el suelo, pero te niegas a dar un paso. Acudo en tu auxilio y me miras feroz: suponías que era otra de mis fantasías.

Te brindo una mano, me acerco a tu oído y susurro que te dejes llevar. Te niegas, pero acabas claudicando a la concurrencia.

Te aproximo a la pequeña capilla ante la cual se detuvo el séquito y musito una oración, a fin de que la declames en alto. Vuelves a negarte, pero es inútil, la expectación es excesiva.

Mi sarcasmo consigue animar tu tono apagado, y lo mismo logro de tu gesto, y a medio recital levantas los brazos al cielo; en tu semblante el deseo de que Amón-Ra me fulmine para hacerme callar.

Vuelves a la barca del rito y el cortejo prosigue por la avenida flanqueada de esfinges pétreas, cuerpo de león y cabeza de carnero.

La multitud te jalea: ¡Larga vida a Hatshepsut, señora de las dos tierras! Eres su todo. Sólo tú, mediadora ante los dioses, garantizas la paz y la prosperidad de Egipto.

Bajo tu guía el país ha recuperado el optimismo perdido, y ya no importa que arrebataras el trono al adolescente del carro dorado que abre la procesión, del cual eres madrastra, tía y suegra a la vez. O que permitas que yo, un plebeyo, tu Canciller Real Senenmut, te haga el amor.

Es la fiesta de Opet, la principal del calendario, y los campesinos de Tebas, entregados durante el año a la dura labor de la tierra, acogen con gozo el paso de los palanquines.

Son cuatro. Los tres restantes contienen estatuas de Amón, el gran Dios, su esposa Mut, y Khonsú, hijo de ambos. Nos separan tres mil metros de Lúxor, lugar donde las deidades renovaran su espíritu.

Rodeándote, funcionarios, encabezados por mí, y el clero, que lidera Hapuseneb, gran sacerdote, a quien la comidilla popular convierte en tu otro amante.

Y soldados, acróbatas, músicos e incitantes bailarinas semidesnudas completando el cuadro, mientras mercaderes en los márgenes despachan viandas y bebida.

Sonríes, te sientes mejor. Usas la corona ceremonial de los soberanos del Nilo, combinación de la mitra blanca alta del sur y la gorra roja norteña.

Tu maquillaje es vistoso y tu túnica fina delata el zarandeo de los grandes pechos, pezones enhiestos, bajo la cual sólo vistes una sencilla faldita real. Bella y apetitosa, irradias autoridad.

Nueva parada, otra capilla, desciendes segura, metida en papel. Me ordenas recordarte la oración, aunque sin sarcasmo, a riesgo de mandar rebanarme el pescuezo. Y río ¡Qué fácilmente asumiste las maneras de una monarca milenaria!

Cuando decae la tarde, las barcas franquean las puertas del templo-fortaleza de Lúxor y sólo un grupo selecto las seguimos dentro. La sala hipóstila es inmensa; tanto, que a la luz de las lámparas no se ve el techo. Las columnas, gigantescas, que un solo hombre no puede abrazar, el fuste decorado con jeroglíficos de escenas de reyes que te han precedido.

Llegados al sancta sanctórum, no puedo seguirte, pero sí Hapuseneb, y juntos depositáis en él las estatuas de los dioses. La espera es eterna y hiero al salir a mi rival, de mirada.

Deseo poseerte furibundo, como si la disputa silenciosa con aquél me impulsara a un desquite, pero tú estás ausente, recreada en tu rol de reina.

Una pequeña terraza, en el techo del templo, repleta de manjares. Me abalanzo sobre ti, pero me evitas, primero es la cena. Río irónico, convencido de que erré al dotarte de tanto poder.

Te reclinas en un lujo de diván, mientras yo ocupo una silla. Como poco, regocijado viendo como tú lo haces, mientras una cálida brisa de verano, mezclada con la humedad aromática del Nilo, nos acaricia los sentidos.

Tu último bocado y te acometo de nuevo, pero me aplacas. En la festividad nacional de Egipto, la reina desea vivir una celebración especial: sugieres compartir la velada con alguien, y sonrío de nuevo, imaginándome a una de las exuberantes bailarinas de la mañana. Ingenuo de mí, la lasciva se me congela en el rostro al ver aparecer a Hapuseneb. Desapruebo la idea, airado, pero en tu cara sólo hallo una expresión de ironía que no admite desacuerdo. Amenazo con irme y me ignoras, acogiendo a mi oponente, que me brinda una sonrisa de sarna, antes de besarte y dejarte sin ropa.

Incapaz de marcharme, contengo el deseo violento de abalanzarme sobre ambos, entrando en liza con el clérigo por saborear lo mejor de ti.

Él se recrea en las hipóstilas, yo me resarzo en el sancta sanctórum. Jadeas, con la satisfacción intensa de tener a dos hombres excitados a tu merced, mientras la sangre fluye a nuestros obeliscos. Golosa por sentirlos, los tomas en cada mano. Hambre de carne que te invade, los atacas por turnos con la boca.

Tu embestida es salvaje, notando la queja del glande, aunque disimulamos ante el otro. Tu entusiasmo excita la impudicia y aparece la inquietud por retener un líquido pujante por dispararse.

Él intenta desasirse para embestir tu santuario, y yo le imito, aunque sólo uno lo asaltará, y retienes a Hapuseneb, asiéndole de los óvalos.

Gozoso, clavo mi ariete en la hendidura y me remuevo en ella, cuando observo ensancharse tus mejillas y un reguero de nata del rival fluyendo por tus comisuras, centelleante a la luz sinuosa de las lámparas de pie.

Cae derrotado en mi silla de antes y observa agriado mis embestidas. Se levanta para irse, pero no le dejas: debe secar su crema de tu cuerpo y cambiar con cerveza tu sabor de boca.

Y evacuo en ti, sin que alcances el cenit, recreada en tu autoridad. Dejas la satisfacción para luego, rememorando lo acontecido al refregar intenso de la perla.

Acabo a un extremo del camastro, acariciándote los pies, el sacerdote deslizando la mano por tu pelo, mientras miras a ambos con satisfacción, tal vez como hiciera la reina aquella que tuvo en un alto funcionario y un supremo sacerdote los pilares más sólidos de su reinado.

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