Relatos Eróticos

Relato erótico – Dulces ataduras

Empezó como empiezan siempre esas cosas: con una disquisición teórica delante de una copa. No se conocían mucho, y nunca había habido nada entre ellos. Hasta el hecho mismo de estar allí sentados uno junto al otro era, aparentemente, producto del azar.

El motivo de la charla en un poco inopinado; pero ya se sabe que cuando dos personas tienen pocas cosas en común los temas de conversación oscilan entre la vacuidad y el trascendentalismo.

Ella – algunas mujeres suelen tener tendencia a hacer gala de osadía- sentenció:
– Pienso que puede ser francamente excitante.

El sonrió. Fue una sonrisa ligeramente perfumada de maldad:
– Desde luego, pero habría que atreverse. ¿Tú te atreverías?

Ella sonrió nerviosa. Empezó a presentir que podía acabar cogida en su propia trampa, pero su orgullo la impidió dar marcha atrás.

-Me daría miedo, pero me atrevería.
-¿Con cualquiera?
-No, con cualquiera no.
-¿Y conmigo?

La tenaza se había cerrado, ella dudó, sin saber que decir. El sonrió triunfante, con una perversidad aún mayor.

-Ya veo que no te atreverías.

Su actitud de victoria la indignó terriblemente, hiriéndola en lo mas profundo de su orgullo femenino. Se levantó como impulsada por un resorte.

-Vamos. Llévame a tu casa.

El trayecto fue tan rápido como silencioso. Cuando él abrió la puerta, ella, con paso resuelto, se encaminó hacia un dormitorio cuya ubicación desconocida intuía, abandonando en el trayecto un reguero de prendas sin volverse ni por un momento. Con un gesto enérgico desnudó la cama e igualmente desnuda se tumbó bocabajo.

-¿Así?- preguntó con voz ronca que intentaba disimular la tensión.
-Exactamente- y la voz de él llegó fría, con resonancias metálicas.

Ella dejó que las vendas se enrollaran primero en sus muñecas y posteriormente en sus tobillos, para tensarse luego y amarrarse a los cuatro ángulos de la cama. Después un pañuelo de seda oscureció sus ojos. Tras una espera eterna, la voz metálica resonó de nuevo.

-Puedes hablar, puedes preguntar, puedes pedir, suplicar, pero no esperes que te responda. Al menos, no siempre.
-Y tú, ¿me vas a preguntar lo que siento?
-Desde luego. El amor no es otra cosa que una gran pregunta. ¿Me habías deseado antes?
-No- respondió ella; y al hacerlo no faltaba a la verdad –ni antes, ni ahora. ¿Y tú a mí?
-Debería decirte que no, en venganza a tu desinterés; pero no quiero mentirte. Sí, te había deseado, como deseamos los hombres. Es un deseo hipotético, de pasada que alcanza a casi todas las mujeres y que se hacer fuerte e intenso cuando el hombre vislumbra la posibilidad de tenerlas.
-¿Y ahora que me tienes?
-Ahora te deseo con locura. Pero voy a torturarte y a torturarme en la espera para que tú me desees y tenerte entregada del todo.

Ella calló por prudencia, para no provocarlo. Era verdad que no le deseaba y pensó que, por mucho que hiciera, por más excitante que fuera el juego, él únicamente iba a lograr que anhelara el placer, el acto físico desprovisto de cara, despersonalizado. Algo inhabitual en una mujer, acostumbrada como todas a revestir el sexo con el ropaje del amor.

No pudo evitar tensionarse al sentir sobre su piel el primer contacto. Algo múltiple, tal vez las yemas de sus dedos, recorrieron suavemente su espalda, de abajo arriba, acariciando uno a uno los pequeños promontorios de sus vértebras, para bajar de nuevo paralelamente por los laterales de la columna y diverger al llegar a las nalgas, acariciando, presionando, modelando la carne como el barro en las manos de un escultor.

Poco a poco, pero inexorablemente, los dedos bajaron buscando el pliegue final de separación con los muslos su presencia múltiple cosquilleó suavemente la carne provocando en ella un calor suave. Pero la tensión acumulada la había hecho insensible. No sintió nada, o casi nada; solo miedo. Pensó: ahora va a hurgarme ahí, en el sexo, y yo no quiero, me da asco solo pensarlo, he sido una estúpida, nunca debí prestarme a esto. ¡Maldito orgullo!

Pero no pasó nada. Los dedos abandonaron su carne y, tras un tiempo eterno, las manos se crisparon a ambos lados de su cintura, para buscar luego su centro. Lentamente tiraron para arriba.

Ella sintió como sus nalgas se elevaban y quedaba todavía más abierta, más accesible y más indefensa. Presintió que él estaba desnudo, erecto, dispuesto a situarse entre sus piernas para penetrarla. Deseó que sucediera cuanto antes, acabar de una vez, y que la nausea que aquello le producía concluyera. Había sido una ingenua.

Tenía que haber pensado que él sólo buscaba el hecho de poseerla, que todo había sido un engaño, una puesta en situación teatral. Esto me pasa por exótica. Notaré cuando suba a la cama –pensó- el colchón cediendo bajo su peso.

En su lugar sintió deslizarse bajo su vientre algo grande, suave y a la vez compacto. Dedujo que se trataba de una almohada. Se contrajo sin querer. ¡Me va a hacer daño cuando intente entrar! estoy seca y terriblemente tensa. Tan solo sintió una presencia múltiple en la cara interna de ambos muslos; de nuevo tal vez las yemas de sus dedos, subiendo suaves desde las corvas hasta casi el final, pero sin perderse en el sexo, parándose justamente unos milímetros antes. Subir y bajar, volver a subir, deteniéndose, deteniéndose siempre.

Fue sintiendo como la tensión se relajaba, sintió su carne caldeándose, poco a poco, creciendo en cada ciclo de caricias. Empezó a desear que los dedos no se detuvieran, que llegaran hasta el final, mientras su sequedad iba desapareciendo. Lo va a conseguir, va a conseguir excitarme, ¡y no quiero!

Sintió de nuevo vergüenza y rabia y consiguió que la excitación, apenas nacida se viniera abajo. Llegó entonces una presencia liquida inesperada, tibia, resbalando a lo largo de su sexo desde atrás hacia delante, separando, abriendo el camino del sexo, parándose en el botón sensible de su carne.

¡Es su boca, su lengua, tiene que ser su lengua! –pensó- y sintió la sorpresa de notar como su cavidad se abría, se llenaba, sin que la caricia delante cesara: ¡Son sus dedos, tienen que ser sus dedos! y se dejó subir hasta arriba, hasta casi el límite.

Gimió e iba a lanzar un grito cuando la caricia, sin cesar se hizo suave teniendo que ser fuerte. Bajó un poco y se quedó allí, a punto de estallar, un tiempo infinito. Lentamente se supo penetrada, notó el movimiento en su interior, de atrás hacia delante, de fuera a dentro y de dentro a fuera; y a la vez la caricia deslizándose delante, con una presión cada vez mayor y gritó retorciéndose como una posesa con contracciones sucesivas, mientras las vendas se tensaban al tratar inútilmente de escapar.

Sintió como su cabeza estallaba y al recuperar poco a poco la conciencia, jadeante, deseó locamente darse la vuelta, abrazarlo, besarlo, hundir los dientes en su carne. Chilló:

-¡Suéltame!

La voz llegó profunda, como surgida de su propio sexo:

-¡No, ahora, no!

Incrédula sintió como la caricia sin haber desaparecido nunca se reanudaba, nueva, distinta. Al contraerse notó que sus muslos apretaban algo sólido, voluminoso, ¡Es su cabeza, su cabeza entre mis piernas! Y ahora su cavidad contraída se desocupaba.

Lo que fuera estaba saliendo de ella; y al salir sintió como nunca había sentido, se contrajo para aprisionarlo, pero aquello que la abandonaba se deslizó suave hacia delante, acariciando su pequeño promontorio de carne, tan sensible, tan hinchado.
Gritó de nuevo:

-¡No, otra vez, no! ¡Para, por favor!

Paró. La caricia paró, tan solo un instante. Luego fue otra; más suave, más cálida, centrada sólo en un punto, precisamente ese. La mantuvo en una meseta de placer un tiempo eterno. Un tiempo de infinitos escalones, subidos a una velocidad infinitamente lenta.

Cada escalón fue un deshacerse de la carne, célula a célula, con el cerebro estallando en pequeñas explosiones, hasta que el final llegó sin brusquedad y la carne se deshizo toda, el cerebro estalló en una explosión interminable; y el grito pasó de ser un gemido a ir atronando el espacio, a reflejarse en las paredes y entrar de nuevo en el cerebro, arrasándolo. Jadeó:

-¡Suéltame!
-¡Claro! –exclamó él- Las vendas se han tensado demasiado. Tengo que cortarlas.

Sintió como la venda del brazo izquierdo se tensaba, luego la tensión desapareció. Ya la ha cortado –pensó- y enseguida la mano de él se ciñó sobre su muñeca. La derecha fue también liberada y luego aprisionada pasando a reunirse con su compañera tras su espalda.

-¿Qué haces?- preguntó.
-Atarte de nuevo. De otra forma. Espera, faltan las piernas. Es para poder darte la vuelta.

Fue cuestión de un momento y quedó allí boca arriba, con las manos en la espalda, las piernas separadas y el cuerpo arqueado, con lo que suponía que era la almohada bajo sus manos atadas. Ella deseó entonces que la oscuridad cesara.

Necesitaba verlo, pero la venda continuó en su sitio, mientras suavemente algo se iba abriendo paso en su carne, deslizándose muy dentro; y quedándose allí, llenándolo todo, pero sin moverse.

¡Es él, seguro que es él! –pensó- y contrajo los músculos, aprisionándolo, intentando moverse de atrás hacia delante, sin conseguirlo. Aquello que la llenaba permanecía inmóvil, suave y cálido como la carne, pero rígido e inmóvil.

Pegó un respingo cuando su botón de carne sintió la caricia, cada vez más enérgica, más rítmica, más rápida. Empezó a enloquecer anhelando el movimiento, tratando de forzarlo, como al principio, contrayendo los músculos y contorsionándose.

Gritó al irse, al estallar, y lo sintió crecer mientras su carne lo aprisionaba. Fue entonces cuando él comenzó a moverse, al principio lentamente, luego cada vez más rápido. Al intentar contraer las piernas, las sintió de pronto libres y sus rodillas se flexionaron apresándolo, anudándose en su cintura.

Fue a abrir la boca, a chillar, pero se encontró enmudecida por un beso, el primero. Un beso succionado, enloquecido, con un sabor extraño, que forzosamente tenía que ser el suyo. Mordió los labios y buscó desesperadamente su lengua con la suya.

Bruscamente su boca se sintió sola, abandonada y la voz de él se vació en su oído con un te quiero al que siguieron otros: te he querido siempre, todo ha sido una trampa para tenerte. Me he pasado la vida soñando contigo. Quiero que el mundo se acabe ahora, que estemos solos tú y yo, para siempre. No hay nada que me importe ya, como no seas tú…

Gritó pidiéndole que se callara: ¡estás loco! ¡todo es mentira, no me has querido nunca, sólo deseado…
El gritó, tapando sus palabras. ¡Te quiero y quiero que me quieras! ¡Dilo, aunque no lo sientas! El amor es siempre una gran mentira que acabamos creyéndonos y se transforma en verdad.

Aquella discusión había dejado al placer detenido, flotando como en un sueño. Lo retomó enseguida, sintiéndolo de nuevo.

Sintió de pronto las manos libres buscando su espalda y ambos se cerraron en un abrazo. Sintió el deseo irrefrenable de verle y lo abandono un momento para arrancarse la venda.

De forma súbita, cuando sus ojos se encontraron, le sintió estallar dentro de ella. Desfalleció de nuevo y el grito de él silenció a medias su primer te quiero.

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