Relatos Eróticos

Relato erótico – Furtiva en tus sueños

Salgo de la oficina. Aun es pronto, los últimos rayos del sol, se reflejan en cada cristal, en cada coche, haciendo mil y un dibujos. Al llegar, había aparcado dentro del recinto de la empresa, en el último aparcamiento que quedaba. Me dirijo hacia allí, viendo que mi coche esta a pleno sol, y con miedo del calor que se había condensado durante esas horas dentro de el, pese a haber dejado parte de las ventanillas bajadas.

Abro la puerta, una bocanada de aire caliente me sacude en toda la cara, el viaje de vuelta será duro. Arranco el coche, y pongo la radio, un CD que hacia un tiempo tengo para escuchar al salir del trabajo, desconectar de todo, aunque indudablemente, tal vez no es la música que mas me gusta.

Inicio el camino a casa, en diez minutos estoy buscando aparcamiento, cosa difícil debido a la hora y al buen tiempo. Por fin puedo ver como hay un hueco, y sin dudarlo dejo allí el coche.

Me dirijo hacia casa, atravesando la plaza, y puedo ver a unos amigos sentados en una terraza. La temperatura allí es agradable, están a la sombra, y la tenue brisa que se había levantado hacia que sintiese ganas de quedarme allí.

Pasa el tiempo, las sombras comienzan a invadirlo todo, y la gente poco a poco se va retirando, abandonando aquel lugar tan concurrido a mi llegada. Al final decido que es momento de ir a casa. Me despido con pena, se que al subir, deberé lidiar otra vez con aquel bochorno que todo lo inunda.

Cojo el ascensor e instintivamente marco el piso donde vivo. No recuerdo el momento en que saco la llave del bolso y la introduzco en la cerradura. Una leve vuelta y la puerta se abre. Por fin estoy en casa. Me descalzo según entro, me gusta sentir el contacto frió del suelo en mis pies, es una sensación de libertad que es difícil de explicar, algo salvaje que hemos perdido con el paso del tiempo, de niños gozamos de ese ritual, pero al hacernos adultos, las normas nos dicen que no esta bien prescindir del calzado.

La noche esta calurosa, tremendamente pegajosa con la brisa húmeda que hace que mi cuerpo se torne sudoroso, y me haga sentir terriblemente sucia pese a que hace no mucho, había sentido en mi cuerpo el contacto del agua, al deslizarse sobre el en una gratificante ducha, cuya sensación placentera había durado lo que el contacto del agua sobre mi.

En mi camino hacia el baño, voy despojándome poco a poco de la ropa que cubre mi cuerpo, no mucha debido al calor. Siento resbalar por mis piernas la falda, que mis pies alejan de mí con un leve empujón. La camiseta que llevo, roza el pelo al sacarla, y hace que este, recogido hasta ese momento en una coleta medio caída, cubra mi cuello y mis hombros, ahora desnudos.

Dirijo mi mano hacia la espalda, y con un gesto aprendido a través de los años, suelto rápidamente el sujetador que me oprime. Con ese gesto, mis pechos respiran aliviados, me gusta sentir su contacto, me parece injusto que una de las partes más sensibles del cuerpo de una mujer, estén cubiertos y oprimidos durante largas horas.

Abro el grifo de la ducha, y frente al espejo, deslizo la única prenda que me queda y que impide que mi sexo se refleje. Al sentirlo caer, puedo verme desnuda. Mi piel aun blanca delata los pocos días de verano que llevamos gastados, mi sexo húmedo, me hace sentir terriblemente excitada, tal vez por ese calor abrumante que una y otra vez siento en cada centímetro de mi piel.

Entro en la ducha. Agradezco el contacto fresco del agua, me siento relajada, rejuvenecida tan solo por el contacto de ese soplo húmedo que cae por mi cuerpo mojándolo todo. Unos minutos después, salgo. Mi cabello mojado, expulsa poco a poco la humedad de esas gotas que se han aferrado a el, y que en su viaje, mojan mi espalda, y se deslizan por ella hasta la cintura, y bajando mas allá, mueren en el inicio de mi trasero.

Ceno algo ligero, estoy cansada y quiero sentir el contacto de esas sabanas frescas que me están esperando. Me meto en la cama, y cierro los ojos, buscándote, deseosa de percibir tu olor, pero por mucho que lo intente, únicamente puedo sentir el olor del suavizante que al lavarlas se ha impregnado en ellas. Me quedo dormida esperándote

Ya por la mañana, me despierto y miro el reloj, aun falta un rato para que el despertador me haga dar un brinco hacia la cocina. Inconscientemente te busco a mi lado, y mi mano no tarda en encontrarte. No se a que hora has vuelto, cual ladrón te metiste sigiloso para no despertarme. Duermes placidamente, casi como un bebe, un cachorro que al calor de una hembra concilia el sueño sin miedo al acecho. Te miro, duermes boca arriba, y sonrío, sin dejar de pensar en que debes estar teniendo unos sueños muy excitantes por las reacciones que en tu cuerpo provocan.

Sin despertarte, me deslizo entre las sabanas, estas desnudo. Me acerco a tu sexo y lo introduzco en mi boca, suavemente. Al sentir mi humedad, noto que te estremeces, y tras un momento en el que dejo que te acostumbres a mi contacto, sigo con mi juego. Saboreo cada centímetro de tu piel, jugueteo con tu fuente de placer, y disfruto con la perspectiva que me das, desde ese mundo de sueños donde sigues sumergido.

No tardo en sentir tu sabor en mi boca, noto como sin sentirlo me regalas parte de tu ser, y lo saboreo. Me gusta el pensar que tal vez, y solo tal vez, en tu subconsciente mezclas el sueño con la realidad y lo disfrutas.
Tras unos minutos, me incorporo, miro el reloj, esta a punto de sonar, lo paro para no despertarte y me levanto. Desayuno, me visto y me preparo, debo ir a trabajar, pero antes, te miro por ultima vez en  la soledad de mi cuarto donde yaces satisfecho y agotado.

Habrá mil momentos, mil caricias, mil sensaciones, pero esta mañana he sido furtiva en tus anhelos, en tus sueños, en tus fantasías, y me he llevado un pedacito de ti, he sido furtiva en tus sueños, y volveré a ti, como cada tarde, cuando la noche se vuelva pegajosa, y el sol, se refugie en los brazos de la luna a dormir.

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