Relatos Eróticos

Relato erótico – Velada inolvidable

Aquella debía ser una velada inolvidable. Sería la noche que siempre había soñado, el deleite tornándose realidad corporeizada. A partir de esa noche la historia sería otra. El sonido de la puerta abriéndose indicaba que la función se iniciaba, era el telón izándose para permitir la consecución de los anhelos.

Elena caminó con su desenvoltura cuasi ingrávida hasta llegar al comedor donde halló la perfecta mesa preparada para la más romántica de las cenas. Se quedó totalmente azorada, como si presenciase una aparición mariana; no sabía cómo ni porqué podía haberse producido tal generación espontánea.

Su vista jadeaba en derredor como un espía en una negra noche y podía haberse imaginado boqueando como un pez fuera del agua. Fue entonces cuando apareció Javier con la elegancia que nunca había vestido luciendo un mohín de máxima felicidad e invitándola a tomar asiento.

Ella lo contemplaba fijamente sin acabar de comprender qué y quién había detrás de aquella excentricidad. Caminó hacia la silla y se sentó. “Relajáos… Esta noche es para vos.” Pronunció Javier con la más melíflua de las voces que jamás había oído ella, justo cuando se iniciaban los acordes de una de las canciones preferidas de Elena.

Ella seguía preguntándose quién habría perpetrado todo aquello cuando él le sirvió el vino blanco en su copa y se sentó delante de ella. Elena sólo parpadeaba al comprender que su inseparable y frío compañero había hecho un salto mortal y la invitaba a su cena idílica; una cena que nunca hubiera imaginado que tendría a Javier como partenaire.

Los más deliciosos manjares cocinados con el tamizado afecto del devoto se sucedieron acompañados de una conversación perfecta.

Todas las cenas de antaño que nunca acabaron de ser perfectas, parecía que lo lograrían en esta ocasión. Elena pensaba que ésta podría ser la cena perfecta si no fuera por su compañero, si no fuera porque Javier es quien y lo que es.

Él parecía totalmente alieno a este pensamiento, o quería obviarlo para poder alcanzar su sueño, para poder cambiar el curso de la historia; así que después del brindis con cava le propuso bailar.

Sus cuerpos se movían en consonancia con las notas que flotaban por la medio iluminada, o medio a oscuras, estancia, cuando él acercó sus labios a los de ella.

Elena tardó unos instantes en reaccionar, consecuencia de la sorpresa; no sabía si se podía permitir el lujo o la extravagancia de dejarse fluir y seguir sintiendo los labios de él sobre los suyos o rechazarlos. La segunda opción parecía la más lógica, pero, ¿quién haría caso a la lógica en una situación tan absolutamente perfecta como aquella?

El aroma del incienso de jazmín inundaba la habitación ampliamente sembrada de velas. Elena abrió los ojos todavía cogida a las manos que la habían llevado hasta aquel pórtico edénico y se sintió extasiada a la espera del placer que podía esconderse en aquella estancia.

De rondón se giró para besar los labios de Javier y rechazar qualesquiera de las objeciones a abandonarse al deseo con un androide. Aquella apasionada concatenación de besos era la entrada al paraíso que para las emociones de la inteligencia artificial y la escapada a lo prohibido para la irracionalidad humana.

Elena se estiró en la cama cerrando los ojos y sainando anhelante la llegada del cuerpo de quien la estaba guiando a la obnubilación. Notó como Javier anudaba sus muñecas con una cintas al cabezal de la cama. El replicante acariciaba levemente su piel al paso de los besos que depositaba como semillas.

Le levantó la blusa para poder ver su ombligo y besarlo mientras comenzaba a bajarle la falda. Elena, con muchas dificultades para mantener los ojos cerrados, se dejaba hacer mientras notaba el calor que iba apoderándose de su piel.

Un encendimiento que llegó al paroxismo al notar como la cera caliente con aroma de rosas goteaba sobre ella para a continuación ser masajeada con una fervorosa frialdad experta que la hizo rezumar el deseo cobijado en la solitud de los sueños rotos.

Javier acercó su rostro al sexo de ella y sintió la dulce fragancia marina; cogió el lubricante con gusto a cereza que ella guardaba en el cajón de sus juguetes e inició una larga serie de caricias a su alrededor, hecho que provocó que Elena se estremeciese y dejase escapar unos primeros gemidos de odalisca liberada.

El robot acariciaba y mimaba los labios inferiores de la mujer que cada vez trepidaba más y sentía como la sangre le hervía como lava en un volcán despertándose.Javier podía observar como su clítoris brotaba de la flor que lo guarda arrullado en los cada vez más audibles gemidos de Elena.

Sin dejar de jugar con la velocidad de paso de los dedos por el contorno de su húmeda entrada, el androide buscó en la estantería el juguete preparado con anterioridad. Lo encendió a una leve velocidad y se colocó el anillo vibrador entre los dientes y se acercó a la pequeña cúspide del placer.

Con la primera húmeda sacudida Elena sintió como su cuerpo se expandía hasta el infinito para rápidamente colapsarse en su clítoris.

Aquellas caricias electrónicas hacían que se sintiese como hacía tiempo que no gozaba; se sentía realmente caliente, con todo su cuerpo reconvertido en un acantilado golpeado por poderosa oleaje de placer como un ariete a punto de desballestar la puerta del castillo.

Y los movimientos del anillo, como una experta lengua incansable, continuaban la cartografía del culmen de la fruición; sicalíptico viaje hacia la excelsa locura.

Los menesterosos movimientos de Elena sólo eran agitación sobre la cama y combate contra las cintas que la mantenían atada como la jarcia al velamen frente al embite del viento.

Quería coger a Javier y herrarlo encima de ella para no acabar escabullida y que la penetrase de todas formas y maneras sin abandono de su ávido clítoris; ojalá el tuviese una lengua para poder engullir y chupar su capullo de deleite.

Los lametones eléctricos se aceleraban y frenaban en una coreografía orquestada para conseguir el zénit del goce del perfecto cuerpo que las recibía, para aumentar todavía más el umbral del placer, la húmeda cueva sentía como poco a poco, unos oleosos dedos se aventuraban como descubridores camino de la tierra prometida.

Extasiada en la exploración, sus paredes se ensanchaban y emergían riadas de hidromel. Elena se sentía una cornucopia ansiosa de ser devorada.

De repente, las lubricadas caricias se detuvieron. No pudo mantenerse más tiempo en la oscuridad, espantada por si aquello era el final de la noche, y abrió los ojos. Contempló el cuerpo desnudo de Javier.

Al verlo recordó claramente que él no era humano, era un androide perfeccionado hasta casi el grado máximo; pero sintiendo la ardentía que inundaba su cuerpo no le importó en absoluto, siempre que pudiese llevarla hasta el final de la senda del regocijo del sexo.

Los recuerdos de la perfecta velada previa eran una bruma que envolvía su sexualmente borracha conciencia provocando que desease al ser que tenía delante. Un ser que se estaba colocando en un cinturón su vibrador predilecto. Cuando iba a lubricarlo, se percató que ella lo observaba; le sonrió y ella le devolvió la más extasiada sonrisa que hubiese dibujado nunca.

Introdujo el falso falo con delicadeza y mantuvo esa pausada danza hasta que consiguió introducirlo entero varias veces. Fue entonces cuando se estiró encima de ella y, manteniendo la cadencia, susurró en su oído.

Las palabras que ella siempre había soñado o chillado ahogadamente en sus sesiones personales de sexo las decía Javier reproduciendo la voz con que ella siempre había anhelado recibirlas.

La velocidad de penetración variaba transportándola como en una montaña rusa. Ella jadeaba y latía de placer como no recordaba haberlo hecho nunca.

El androide se incorporó para poder descansar las piernas de ella sobre sus espaldas y así continuar penentrándola y volver a acariciar su clítoris con el anillo vibrador. Elena había dejado de gemir para abandonarse a los gritos de fruición.

Gritos que continuaban aumentando a medida que su placer se expandía. Cuando penentrándola a cuatro patas ella casi llega a la culminación, él decidió salir y estirarla nuevamente. Mantuvo las caricias del anillo y se dedicó a abrir el botón aclavelado de su ano.

Poco a poco su dedo entraba en el último rincón secreto del cuerpo de Elena. No tardó mucho en desear dejarse ir totalmente, y él volvió a introducir el dildo entre los labios de ella manteniendo su dedo en el culo y el anillo surcando su clítoris. Elena convulsionó en llegar al paraíso y correrse.

Javier contempló aquel cuerpo estremecidamente conmocionado y sintió un embravecido frío oleaje recorriendo su cuerpo. Supo que había conseguido hacer realidad su deseo, había conseguido descubrir el edén.

Cuando Elena recuperó la respiración después de la pequeña muerte, notó un beso metálico humedeciéndose en su vagina que la hizo reír envuelta de un placer infinito como nunca había soñado y que deseaba para siempre…

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