Relatos Eróticos

Relato sexual en la oficina

Solo en mi habitación en una calurosa noche de Agosto. Desnudo sobre la cama, el sudor recorría todo mi cuerpo mientras encontraba la forma de dormir. La imaginación volaba encontrando algo que me entretuviera, hasta que recordé a Melisa, mi compañera de trabajo.

Menuda, delgada, con el pelo muy corto, sus pronunciadas caderas eran objeto de deseo cada vez que se levantaba de su mesa e iba al archivo. Sus pechos, discretos, se ocultaban detrás de coquetos e insinuantes escotes. Manos finas y labios gruesos junto a unos ojos enormes marrones, la convertían en una chica excitantemente normal.

Recordando su figura, tumbado bocabajo, mi entrepierna se despertó y fue creciendo conforme mi fantasía iba tomando cuerpo en mi cabeza.

Mientras imaginaba a Melisa  chupándome la polla furtivamente en el aseo mientras observaba desde arriba toda la situación coronada por el deseado escote de su ligero vestido veraniego, mis manos se deslizaron hacia mi miembro que ya estaba completamente erecto. Agarrándolo fuerte con mi mano derecha, empecé a masturbarme.

Ahora Melisa, se ponía de pie rozándose a propósito cada centímetro de su cuerpecito con mi polla. Después de besarme, me daba la espalda y se levantaba el poco trozo de tela que le cubría su trasero. Al aire dejaba unos glúteos tostados al sol y unas caderas redondas que llamaban a la penetración más profunda.  En este momento mi mano derecha aceleró el ritmo y los movimientos mientras la izquierda masajeaba los testículos.

Mi imaginación sexual era imparable. Melisa colocada de espaldas a mí y con sus caderas hacia atrás me  pedía que se la metiera ya. Imaginar que su calor más íntimo, envolvente y húmedo entraba en contacto con mi polla, me excitó enormemente y me llevó a un estado de placer mayor.

Ella apoyaba sus manos en la puerta del aseo mientras yo la agarraba fuertemente por los hombros lo que me permitía embestirla más y mejor. Melisa gemía de placer y a mi se me escapaba gruñidos de placer con cada penetración.  En ese momento, mi cuerpo tumbado en la cama empezaba a estremecerse ante la excitación que me recorría imaginando aquel momento y sentía la necesidad de llegar al clímax.

La fantasía se aceleró ya que a Melisa -entre gemidos ahogados para no ser descubiertos-, empezaba a temblarle las piernas y era difícil mantener una penetración placentera ante esos temblores de placer. La debilidad de sus piernas, pasó a  sus brazos. Su cabeza se inclinó y sus gemidos aumentaron de decibelios hasta que su estremeciento y la explosión aún más húmeda y más caliente de su entrepierna resbalaron por mi polla. Instante que coincidió con una sacudida de placer seguida de una de las eyaculaciones más enérgicas y abundantes que jamás había tenido.

Jadeando quedamos los dos exhaustos apoyados en la pared de aquel habitáculo, mientras nos reíamos presas del placer y el nerviosismo.

Relajado sexualmente pero activo mentalmente, chorreando de sudor y con las manos llenas de semen,  decidí que aquella fantasía y aquella paja eran de las mejores de mi vida. Limpio y tranquilo, me quede dormido entre sonrisas.

Al día siguiente, al llegar a la oficina, a la primera persona que saludé fue a Melisa:

  • “Buenos días Melisa, que  guapa vienes con ese vestido tan veraniego”
  • “ Hay que venir fresquita que hace mucho calor en Agosto. Tú también vienes muy guapo”

¿Y si al final la fantasía sexual se hace realidad?

Levantándose de su asiento en la oficina, Melisa fue al baño. Tenías ganas de hacer pipi. Cuando se sentó en el wáter y tras hacer sus cosas privadas, su imaginación se disparó al recordar los vaqueros ajustados que traía su compañero que le piropeó al entrar a trabajar, Pablo. Que rico estaba. Tendría sexo en el trabajo sólo con él.

De repente se sintió mojada, fue algo instantáneo, quizás sería el sofocante calor de Agosto. Sus manos se deslizaron a su cálida vulva, sin que nada se lo impidiese. Allí sentada en el baño de su trabajo, abrió sus piernas y comenzó a acariciar sus labios menores con la palma de la mano mientras imaginaba que aquel chico de al lado hundía su cabeza entre sus piernas.

Mientras introducía los dedos en lo más profundo de su sexo, su mente simulaba como la lengua de Pablo recorría y se introducía en cada rincón de su vagina. Giros, círculos y lengüetazos más intensos formaban parte de aquella fantasía espontánea.

El calor sexual que surgía de sus partes íntimas crecía al mismo tiempo que su humedad vaginal. Dos manos ocupaban ya su candente entrepierna, dos dedos de la izquierda penetraban y la mano derecho acompañaba los penetrantes movimientos. Su respiración se aceleraba y pequeñas perlas de sudor caían por el escote que tanto cuidaba.

La fantasía tornaba más tórrida. Ahora Pablo, se incorporaba. De manera brusca y sin esfuerzo la alzaba al aire dejando abiertas totalmente sus piernas, las cuales cercaban las seguras caderas de él.  Agarrada fuertemente al cuello de Pablo, Melisa tomaba la iniciativa y mientras el ritmo de sus manos aumentaban, imaginó una penetración máxima, profunda y completa que la llenó de un placer desconocido. Cabalgaba con aquel pene enorme y ardiente dentro de ella, sintiendo como el poder del miembro la llenaba hasta el fondo de su sexo.

Las manos de Melisa buscaban penetrarse más adentro. Quería sentir más placer del que podía disfrutar y notaba que sus dedos empezaban a chorrear como consecuencia de la excitación que estaba experimentando.

Entre la cabalgada más porno y las penetraciones más intensas que su imaginación podía ofrecerle, un enorme gruñido de orgasmo mal disimulado acompañó un espasmo de placer que recorrió su bajo vientre hasta lo más interno de su sexo y del que brotaba una fuente de auténtico clímax incontrolable que acabo mojando el wáter y el suelo.

Extasiada, jadeante y aún sudorosa afinó el oído para cerciorarse que nadie del trabajo la había oído.

Una vez aseada y tranquila, volvió a su mesa de trabajo mientras observaba como Pablo le seguía con la mirada y le dedicaba una tierna sonrisa.

–          “Si tú supieras, Pablo” pensaba Melisa, mientras le devolvía la sonrisa.

¡¡ Vaya fastidio ¡! Sábado y me toca trabajar para cerrar el trimestre, pensaba Pablo mientras se dirigía a la empresa a las 7 de la mañana.¡¡ Jolín ¡! Sábado y a trabajar, iba rezando Melisa en su coche camino al trabajo.

Con sorpresa ambos llegaron a la puerta del trabajo e inevitablemente los dos pensaron que era más ameno si hacían el trabajo junto a su fantasía sexual. ¿Tendrían sexo en la oficina?

  • Buenos días – dijo sonriendo Pablo sonriendo.
  • Buenos días – respondió Melisa.

Rápidamente entraron y casi, más por vergüenza y sueño, que por desgana, empezaron a trabajar concentrados y sin dirigirse más la palabra que para comentar cuestiones contables. Entre unas cosas y otras, llegó la hora del descanso y Pablo ofreció un café a Melisa.

Más desahogados, comenzaron a hablar de cosas rutinarias y aburridas. Se quejaron de sus planes frustrados de fin de semana y se fueron relajando.

Quizás la intimidad de la oficina vacía, las confesiones más privadas empezaron a surgir como si nada, aunque en realidad, en su interior buscaban algo más. ¿Quizás querían dar rienda suelta a sus deseos recíprocos?

En un momento dado, Pablo pensó que era el momento ideal y que si no era ahora no sería nunca. Y sin pelos en la lengua soltó sin pensar : “Con la chica que me gustaría tener sexo en la oficina es contigo”.

Melisa sin sorprenderse, que se lo esperaba, le contestó :

–  “¿Y eso?”

– “Me encanta tu cuerpo, tu fragilidad junto a la pasión que desprendes. Tu seguridad, como hablas. Todo me gusta de ti”. Respondió Pablo con total sinceridad.

– “Pues a mí me sucede lo mismo, Pablo”. Reconoció su compañera.

Un momento de indecisión, un segundo de miradas de deseo y ambos, guiados por una fuerza mayor se unieron en un beso apasionado junto a la fotocopiadora. Lenguas en lucha dentro de las bocas, saliva mezclada y manos intensas que fueron a buscar directamente las partes del cuerpo más deseadas de ambos.

Las manos excitantemente suaves de Pablo acudieron raudas a los pechos tan imaginados mientras que Melisa agarro con fuerza el culo de su compañero, mientras disfrutaba de aquella anhelada lengua que tantas veces soñó dentro de ella.

Llevados por una pasión guardada durante meses, Pablo casi arrancó la camisa de Melisa en busca de poder beber sus pechos. Preciosos y discretos como él se imaginó y culminados por unos pequeños pezones ya tiesos, levantaron aún más el poder de su entrepierna. Melisa le agarraba fuerte la cabeza y disfrutaba de aquella situación, hasta el momento en que decidió que quería hacer realidad su sueño. Ayudándose de sus brazos, Melisa, se subió encima de la mesa y se quitó tanto la falda como los culotes dejando despejado ante Pablo su ya húmeda entrepierna.

Casi desnuda, Pablo sabía que debía hacer, así que se abalanzo entre las piernas de Melisa y probó repetidamente el sabor más íntimo que desprendía el sexo de su compañera. No escatimó en lengua mientras Melisa le hacía preso de sus piernas. Una y otra vez, insistía Pablo ya que notaba que Melisa disfrutaba. Cada vez más húmeda, cada vez más excitada, hasta que un determinado momento una furiosa ola de líquido acompañada de un quejido de Melisa le llenó la boca. Aquello excitó a Pablo, que libre de la presión de Melisa, se incorporó momento en el que ella aprovechó para desabrocharle los pantalones y dar salida a su polla que estaba plenamente excitada, dura como una piedra.

Iniciando de nuevo una tanda besos apasionados, Melisa agarró el ardiente aparato de Pablo y sin mediar acto, se la introdujo directamente, finalizando Pablo con la penetración más profunda que pudo dar.

Pablo envestía. Melisa gemía. Pablo resoplaba. Melisa suspiraba. Cada empujón era más profundo que el anterior.

Las manos de Melisa, arañaban la espalda de Pablo, mientras él se apoyaba en la mesa para poder penetrar más profundo y con mayor ritmo mientras escondido en su esbelto y suave cuello lo lamía y mordía. Una y otra vez con ritmo acompasado pasaron los minutos.

En un momento dado, Melisa agarró fuertemente las tensas nalgas de Pablo y lo mantuvo totalmente dentro de ella, hasta que una sacudida casi paralizante de placer recorrió su cuerpo y salió como pudo en forma de chorro caliente, la eyaculación más interna de su sexo al mismo tiempo que se debatía entre un gemido y un grito. El clímax de Melisa fue la puntilla que dio pasó a Pablo, para que sin sacar su miembro, se viniera una corrida abundante y caliente que regó lo más hondo del sexo de Melisa mientras acallaba su gemido de placer en aquel cuello que era su almohada soñada.

Pasados unos instantes para recuperar el aliento perdido, y aún acoplados sexualmente, comenzaron sin mediar palabra y llevados por una fuerza desconocida, nuevos vaivenes que activaron de nuevo la pasión de ambos. Movimientos cada vez más intensos y gritos cada vez más libres dieron lugar a otro momento de fuerte pasión buscando cumplir con una venganza sexual deseada entre ambos.

¿Habéis tenido alguna vez sexo en la oficina? ¿deseáis a alguna compañera o compañero del trabajo?

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