Relatos Eróticos

Sábanas tórridas, terraza caliente

Un altiplano hacia el placer. Así veo tu vientre. Con un delicado estanque en el que vierten los efluvios de la excitación, allí donde descansa tu ombligo. Mis manos recorriendo el camino; un par de exploradores intrépidos que nada temen.

Sé que sientes el tacto áspero de sus palmas.

—Sube —dices agitada.

Y me concentro en tus tetas. Son muy bonitas. Resplandecen a la luz que se filtra por la ventana. Difumina su contorno. Son casi un sueño.

El calor de la habitación es uno solo con el de nuestros cuerpos. Somos dos masas de carne que se entregan al momento. Y nada más.

Empiezas a balancear tus caderas y noto la presión de tus piernas fibrosas.

— Eres preciosa.

No, no muevas la cabeza. Si sigues haciéndolo me voy a correr.

Tus ojos atigrados aparecen y desaparecen entre la maleza de tu cabello oscuro; tu cuello gira buscando el frescor de la almohada.

Empezamos a gemir y el ritmo de la penetración aumenta. Mi pecho se hincha queriendo acaparar toda la vida posible.

Vida que te ofrezco en cada sacudida, que sale de mí, y que necesito recobrar a cada instante. Respirando. Más profundo. Más rápido.

Manicura francesa. Sabes que es mi preferida. Tus uñas están tan cuidadas que casi puedo reflejarme en ellas. Hasta mi rostro me excitaría en este momento.

—Eso, agárrate fuerte —digo mientras siento el calor y picor de tus arañazos al aferrarte a mis riñones.

Nuestras pelvis restallan una contra la otra y empiezan a sonar. Con un ruido repetitivo, cada vez más jugoso conforme nos humedecemos el uno al otro. Miro con cara de suficiencia a Iggy Pop. Está en el póster de enfrente, arrugado por el vapor de nuestras pieles. En su mejor época, muy varonil. Pero no tengo nada que envidiarle.

De algún modo adviertes que me concentro en él.

—¿Marcha atrás?

Y respondo a tu desafío acariciando la vulva, rosada y plana, brillante, con mis dedos. Tu suspiro me sirve como contestación.

Es un buen sitio en el que posar mi mano, tu vagina. Sus labios se mueven a la perfección, casi quemándome los dedos. Ahora es tu respiración la que se acelera.

—Más fuerte. Más. Ah.

No es momento de parar. Adiós, Iggy Pop, luego hablamos. Y me dedico a ti. Al cien por cien. Mi polla empieza a latir. El glande se hincha anunciando el momento. Encajando a la perfección en su nicho; ahora somos uno solo. Tu circulación y la mía, al unísono. Ya es mecánico. Soy un autómata desprovisto de toda moral. Mi única función es seguir sintiendo como se enfunda mi pene en tu agujero y verte gozar, con esos mechones pegados a las mejillas, perladas de sudor.

Qué húmeda estás. Joder. Me corro. Y tus piernas empiezan a temblar y yo noto la jodida marabunta de hormigas escalando hasta el cráneo. Y el calor. Las contracciones. Nos bañamos en sentidos opuestos.

Agarras la almohada como si te fuera la vida en ello y echas la cabeza a un lado. Sé qué es eso. Necesitas contrastar la ola de calor con algo fresco para una última sacudida. Dios, tus piernas. Qué duras están ahora.

Me encanta como nuestras carnes se hinchan tanto la una en la otra para dar paso al cese. Se cierra el telón y el mundo se para mientras gozamos el éxtasis último.

—Qué mecánico ha sido. Hubo un momento, al final, en el que tus ojos no veían nada. Eras como un monstruo que se dedica a follar. Me ha puesto muy cachonda.

Río ante tu descripción, tan vívida como siempre.

—Me encantas —respondo a la vez que hundo mi boca en tu coño. Huele tan bien. Ese olor denso de después de consumar el amor. A decir verdad, toda la habitación huele así.

Te echas de nuevo en la cama y tu silueta se desdibuja entre las infinitas arrugas de la sábana.

—Creo que voy a la terraza. Necesito aire fresco —dices, y con una mirada felina te acercas a mi oído y me susurras—. Gracias.

· · ·

El ruido monótono del ventilador, la suave caricia de su viento, y tu contoneo de caderas al andar. Qué buen culo, sí. Acariciado por los primeros rayos de luna que encuentras antes de perderte bajo el umbral de la puerta.

En ese momento, el instinto mecánico, o animal, esa especie de demonio babilónico ancestral, me hace su esclavo de nuevo. Es muy extraño. De nuevo, desprovisto de toda mesura, de la capacidad de razonamiento más basal posible, me veo sumido en un torbellino de fuego. Tengo que volver a taladrarte. Más fuerte.

Mis pisadas se encaminan hacia el balcón. Noto el tacto granulado del polvo y la arena acumulados en la terraza. No la usamos casi nunca; un triste tendedero es el único atrezzo que adorna la próxima escena.

Te agarro por las caderas con las manos ardiendo y despego tus nalgas. Firmes, como dos colinas. Mi movimiento sísmico abre la falla y restriego la carne aún tibia de mi polla, a medio empalmar, por el valle de tu culo.

—¿Qué haces? Nos van a…

Tu frase no concluye. No te lo permito. Empujo mi cuerpo contra tu espalda blanquecina al mismo tiempo que empiezo a lamer la pendiente de tu cuello hacia tus hombros.

—Tu corazón.

Sí, está desbocado. Lo notas. Cada palpitación. Acompañada de una embestida, a modo de diástole. Orquestada por mi deseo de hacerte gemir y que tu voz rebote en cada cornisa. Que lo oigan todos, qué coño importa.

Elevo una de tus piernas y la dejas descansar en la barandilla metálica. Casi puedo apreciar como tu vello se eriza por el contraste de temperatura.

—Ah. Ah.

Esa es mi chica. Mientras te penetro por detrás y humedezco todo tu dorso, una de mis manos se introduce de forma subrepticia en tu cueva, hundiéndose en la oscuridad, y buscando la protuberancia de tu clítoris. Ahí está. Qué caliente.

Ahora, tu clítoris es tu segundo corazón. Despide energía a cada movimiento. Vuelve a sonar, muy jugoso. Suena casi a chapoteo. Me pregunto cómo puede el firmamento permanecer tan estático y las calles tan serenas presenciando el reducto de inmenso placer que la terraza conforma para dos almas apasionadas como tú y yo.

Y ya no aguantas más tanta presión y movimiento, por delante y detrás. Los dedos constriñen la zona externa de tus labios y mi pene la interna, sin darte tregua.

Cada centímetro cuadrado está copado de placer y noto la avenida de agua vertiéndose por tus piernas, de nuevo renqueantes, hasta el suelo.

Sueltas un alarido de plena satisfacción.

—Salvaje. Ah. Dios.

Mi polla se pone aún más dura al sentir húmedos los dedos de los pies. Tu corrida ha llegado hasta mí. Ya casi no me queda semen, pero de igual manera estallo en oleadas, una vez más, mientras muerdo y huelo tu pelo.

—El charco que has dejado debería salir en los mapas.

Sin poder responderme, echas tu cuerpo entero sobre la barandilla y tratas de recobrar el aliento. De tus entrañas emerge un líquido más espeso que el tuyo. La poca munición de que yo disponía.

Ahora yo también necesito aire fresco.

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